viernes, 25 de febrero de 2011

Inevitable. Soliloquio femenino


Deslizando las manos sobre el algodón, liberé uno a uno los botones de mi disfraz. Lo tiré sobre una silla y me dirigí descalza al jardín.

Me vestí de luna, adorné mis cabellos con jazmines recién cortados y me coloqué pendientes de estrella.

Fragante de veranos ardientes, aturdida de infinito me puse a caminar. Cada tac tac de mis dedos era un viaje de ida y vuelta al universo.

Aquella. La que yo era cuando no era. ¿Quién era?

Prisionera de un tirano de acero que palpitaba en sus muñecas con los latidos eternos del tiempo. Bajo su blusa palpitaba otra.

Nos mirábamos cada mañana mientras yo desprendía los jazmines de mis cabellos y ella se ataba una cola. Yo me desnudaba de mi vestido de plata y ella abrochaba su blusa y sujetaba su falda a su cintura. Terminaba por sacarme los pendientes estelares y ella se sumía a la dominación de las agujas de metal.

Nos mirábamos largamente y sonreíamos. El café humeaba en la mesa del desayuno y el tic tac la apremiaba. Le guiñé un ojo y se marchó.

Y yo quedé aquí, en el suspenso de la frase incompleta que ella dejó en esta hoja mientras iba a vivir mi vida

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