jueves 10 de noviembre de 2011

El catafalco (1er premio Concurso de cuentos Club Centenario 2011)


Abro los ojos y cuento.

Seis listones de madera se insinúan bajo el colchón viejo del catre.

Otra vez el mismo sueño.

Pensé que nunca vería algo peor y me equivoqué como suele ocurrir siempre con la vida, dispuesta en todo momento a demostrar que puede hacer con nosotros lo que quiera. ¿O esa era la muerte?

Cada madrugada, viene el tiempo aristarco a sentarse en mi cama y le pregunto si es mi catre el incómodo o soy yo el chungo. Tengo frío. Me doy vueltas estirando la frazada aunque sé que hay fríos irrefragables. Como este metido en mis huesos.

Me hubiera gustado morir aquel día para no vivir esto. Este errar marchito que no se decide, como si matarme le diera pereza.

Cuento los tejuelones sobre mi cama. Dieciocho. Lo sé de memoria.

-Nos mintieron. La faramalla del patriotismo nos engañó- pienso mientras me arrastro por ese pajonal inmenso.

Hace dos días que camino solo en este calvero sin fin. Vengo escapando de un paredón de fusilamiento. Al principio me impulsaba el susto de haberme fugado, corría descontrolado como si las piernas no pesaran. No sentí las espinas, ni las piedras, ni las desigualdades del terreno. Tenía las retinas impregnadas de las balas trucidando los pechos de otros iguales a mí, el manchón carmesí que se extendía en sus casacas y los ojos vacíos que miraban sin ver.

Rebusco entre mis recuerdos un atisbo luminoso. Nada. Todo lo ocupa este sofoco de desierto.

La urgencia de mi vejiga me conmina a pararme. Ya es tarde. Mi cuerpo ya no me escucha. Ha cortado el cordón umbilical que lo unía a mi mente y tiene su propio parecer. Quedo envuelto en un charco vergonzante que me obligará a sufrir los malos modos de las enfermeras.

Con esfuerzo me siento y miro los bultos dibujados por la luz que se cuela en la ventana. Están soñando con un pasado que pueden atrapar por algunas horas. El presente no vale la pena.

Y a veces tampoco el pasado.

Como otros, había llegado luego de correr escapando del silencio de mi pueblo. Un pueblo igual al de todos los demás. Donde el polvo del olvido se acostaba sobre los muebles y las almas. Donde la quietud no era calma sino opresión.

La aventura estaba allá. Donde estaban los valientes.

Carajo.

-Carne de mula y anguilas de barro. Eso si teníamos suerte- digo en balbuceos mientras siento el escozor del sol en la cabeza- sino cuero de vaca hervido.

Por lo menos me tocó un fusil de los buenos. Había visto las consecuencias de los fusiles españoles en mi mesnada. Brazos terminados en muñones y sendas de esquirlas surcando los rostros. Accidentes dijeron.

Sigo caminando a no sé dónde. Esta exhalación de averno dibuja mentiras en mis ojos.

Alguien se remueve en la oscuridad con un quejido. El espinazo viene de haber caminado por leguas y leguas de vida. Cada odio, cada amor, cada abandono se selló en calcio y duele.

Con dificultad me paro y siento todo el peso de los años en la espalda. Mis pantalones están mojados pero no sé dónde hay otros. Voy tanteando el pasillo oscuro hacia la galería luchando con las nubes que se fueron colando en mis ojos. Treinta y cuatro pasos.

Aquí está la muerte. Huelo el miasma de su aliento escociéndome la nuca. Siento la lengua hinchada que no me deja respirar y mis pies son un pedazo de carne sanguinolenta.

Me abandono al sueño de la asfixia y caigo. Bultos. Es lo último que vi en la aridez de ese purgatorio inmenso donde peleamos.

Ahí está mi silla y la de los demás. Me siento a esperar aquí la pitanza del día. Sé que tengo que contar hasta diez mil cada vez para que vaya cambiando sobre mi regazo; un mate amargo, un cocido aguado y un poco de arroz.

Empecé esto de contar cosas cuando al principio contaba los días que faltaban para que vengan a verme. Las visitas se espaciaron y conté semanas. Cuando llegué a los meses decidí contar más cosas para matar el tiempo pero ahora él me cuenta a mí para matarme.

Seis listones. Dieciocho tejuelones. Treinta y cuatro pasos. Diez mil segundos.

Me despierta una cellisca fría que moja mi lengua reseca y respiro otra vez. A mi alrededor sigue el desierto. Estoy en una sentina junto a ellos. Arrumbados en todas partes como títeres olvidados de un circo vesánico.

Nadie me preparó para esto. Para el desamparo y el miedo. Para el horror.

Los labios partidos. La piel pegada a los huesos y los ojos hundidos. El rictus de la agonía inficionando aquellos rostros.

¿Dónde estaba la bendita patria? ¿Dónde la gloria y el heroísmo?¿Acaso valdrían las medallas entregadas a madres y viudas?

El rival fue superior. No necesitó de balas ni bayonetas. Fue consumiendo cada hálito en una batalla lenta y silenciosa de la que nadie podía escapar.

Sed. Muertos de sed.

No había gloria. No habría banderas cubriendo ataúdes. Este inmenso catafalco se devoraría sus huesos y sólo serían olvido.

Pero yo los recuerdo. Porque cuando la vida se pasa y ya no fabricamos recuerdos recordamos.

Paso mis días contando. Yendo de la silla a la cama, con los huesos adoloridos por el tiempo y el frío del desamor. Nadie me visita. Nadie me habla. Nadie recuerda.

No logré escaparme. Sólo fue una larga tregua. También me alcanzó el olvido en este panteón de la soledad.

Vivo en un catafalco que llaman geriátrico; donde los cadáveres nos despertamos cada mañana para sabernos solos, que es lo mismo que decir muertos.

lunes 6 de junio de 2011

Detrás de los párpados (Primer premio Concurso Literario Grupo General 2011)


-Parece que viene una tormenta.

Estaba parada en la galería de la casa con los pies descalzos. El cabello le flotaba salvaje sobre los hombros. En sus pupilas, se impregnaba el cielo rasgado de jirones de nubes que se arremolinaban furiosas y las ramas de los árboles que se doblaban bajo los nudillos del viento. No había quedado un solo trino de la algazara que duraba todo el día y los perros se habían metido a la cocina.

Sobre el alambrado que rodeaba la casa, vio la ropa que había lavado en la mañana y corrió a buscarla bajando la cabeza para proteger los ojos de la tierra que se levantaba. La piel curtida de sus manos no sentía los rasguños de los alambres que maliciosamente enganchaban las púas a las telas tratando de aprisionarlas. Cuando terminó de arrancarlas de las garras del cercado, formó un gran burujón entre sus brazos y apretó la nariz aspirando el olor a jabón de coco.

Es el olor que la traía de vuelta cuando estaba allá. Soñando.

O tal vez siempre estuvo soñando acá y allá despertó. Quién sabe.

El tiempo es una cosa extraña. Le encanta torcer rutas, dar vueltas, desteñir cabellos, dar razones, quitarlas y mostrar verdades. Como si en ese circunloquio inagotable desplegara su ejército de sádicos segundos para asegurar la majestad de su imperio.

Huyendo de las primeras gotas gordas que caían, entró a la pieza y depositó sobre la cama su carga para cerrar las puertas y dirigirse a la cocina.

Prendió el brasero y llenó la pava con agua del cántaro que estaba en el rincón. Iba a durar bastante la lluvia, lo sabía porque los perros se habían enroscado como para dormir una eternidad. De un clavo mal puesto en la pared descolgó una tira de cáscara de naranja seca y un poco de hojas de burrito de la rama que entraba por la ventana proveniente de la mata del patio, y las puso sobre la mesa. Mientras dejaba la pava sobre el fuego fue hasta la alacena enclenque y buscó la lata en donde guardaba la yerba. El mate de palo santo estaba al lado. Lo tomó y fue hasta la mesa.

Sentándose con un suspiro se dispuso a continuar el ritual.

Allá no había hojas de burrito, ni cáscaras de naranja. De hecho no existía ese limbo temporal en donde todo se acompasa para acompañar el tiempo ancestral del silencio.

Había ido de buena gana, seducida por las fantasías gloriosas de quienes volvían. Las manos curtidas y la espalda encorvada de su madre, por tantos años de lavar ropa de otros, la habían decidido.

Con algo parecido a la ternura partió en pedazos la tira de naranja colocando los trozos dentro del mate junto con las hojas de burrito que frotó entre los dedos antes de colocarlas en el fondo.

Se había despedido de su madre, sumida en un violento zollipo, y saliendo a la madrugada de sapos y grillos que se acababa en el hilo rojo del horizonte que empezaba a clarear, caminó hasta la parada donde pasaba el removido que la llevaría hasta Asunción sentándose con su valija nueva y los sueños, miedos y ansiedades anudándole las tripas.

Sobre el preparado de cascaritas y hojas vertió la yerba y se levantó llevando la silla cerca del brasero. Sacó la pava del fuego y mojó la yerba con un poco de agua tibia para colocar la bombilla. Cebó el primer mate y dejó que Santo Tomás le diera su aprobación perdiendo la mirada en la cortina de aguas lustrales que hacía del paisaje un aguafuerte enmarcado por la puerta.

El viaje en el removido la adormeció. Soñó que estaba en una cama que la quemaba. La despertó el grito del guarda:

-¡Terminal de Asunción!

Con el corazón golpeándole el esternón por lo vívido del sueño y el susto de haberse dormido, se levantó del asiento, buscó su valija y se metió de lleno en la marabunta de la estación para continuar su periplo.

Había llegado temprano al aeropuerto, dónde más podía ir. El papelito con las instrucciones que le dieron decía muy claro que luego de llegar a la terminal tenía que tomar otro colectivo que la dejaría en el aeropuerto. Se sentó en uno de los asientos del área de espera atrincherada tras su valija hasta que oyó los altavoces llamando al embarque.

Se cebó el segundo mate y solazó su alma en el vaho botánico que se desprendía. Era ese acto tan íntimo y silencioso el áncora de sus días. La que no era igual era ella.

El océano era el gran punto y aparte, es una cualidad del agua marcar inicios o finales. Mirando desde la ventanilla del avión esa inmensidad negra supo que no habría forma de volver a lo que dejó atrás. Siempre la vida es un saltar de letra en letra, saber colocar comas y dos puntos y reconocer cuando es necesario el punto final que nos tirará de bruces contra el papel en blanco, donde andaremos perdidos hasta visualizar la cola de alguna mayúscula que nos catapulte al siguiente capítulo.

Paredes desteñidas y una puerta. Un colchón en el piso con las sábanas revueltas, calientes. El olor acre de mil sudores la asfixia mientras llora con la discreción del que está solo en compañía. Esas lágrimas circunspectas que saben deslizarse en el silencio que quisiera ser un grito desgarrado y se retuerce en las costillas.

Fue hasta la mesa y prendió la radio que estaba encima. Un rumor monótono de cigarra daba las noticias. Volvió a su sitio junto al brasero continuando con aquel protocolo verde de agua y yerba.

Liberados de la opresión. Dignidad.

Las palabras salían de los parlantes, se metían en sus oídos y quedaban dando vueltas en su cabeza sin saber adónde ir. Uno de los perros se removió en sueños gimiendo. Tal vez algún recuerdo que revivía en la alucinación del letargo.

Caminar con la cabeza gacha y esconderse. Eso había aprendido. También a soportar las befas sin replicar y a tener miedo. Ese miedo que se va pegando en la piel como una lámina hasta hacerse carne y contaminar todos los pensamientos.

Habían rebañado su espíritu desde que puso los pies en aquella inmensa catedral de aviones. Uno tras otro los golpes.

- Muéstreme su pasaje de regreso

- ¿Para qué vino?

- ¿Dónde piensa quedarse?

- ¿Durante cuánto tiempo?

Y luego la calle, el frío y encontrar la dirección del lugar adonde va. Un edificio sucio, de pasillos mal iluminados, en un barrio de la periferia. La puerta, con el número que lleva anotado en su papel, se abre dejando escapar el hedor de los cuerpos hacinados.

En la cocina caldeada por el brasero, entibiaba las manos envolviendo el cáliz de palo santo en tanto el murmullo del locutor seguía zumbando desde la mesa un fárrago que le llegaba inconexo. Festejos. Emancipados. Doscientos años. Afuera, la lluvia seguía lavando los verdes. En la alacena guardaba una chipa que compró a Don Pascacio hacía unos días. Con una mueca se incorporó de su asiento. Seguramente fue esa cantidad que vino de la casa de Doña Adela que había recibido a la familia de Asunción, la misma que recogió del cercado. Avanzó friccionándose la cintura y rebuscó en la repisa. Volviendo a su lugar colocó la rosca endurecida para calentarla cerca del brasero.

No hubo bienvenidas. La que le abrió la puerta le mostró el colchón y se marchó. Miró el reloj que se había comprado y pensó que del otro lado del mundo estaría incendiándose el cielo en el carmín del atardecer y su madre estaría regando los jazmines y madreselvas del jardín.

La maleta quedó en un rincón y se acostó. Un recuerdo del futuro viboreaba en sus entrañas. Los estertores que salían de los bultos a su lado no la dejaban dormir. La que se había marchado había dejado las sábanas calientes.

Partió la chipa y se llevó un pedazo a la boca dejando que la mezcla del queso y el almidón funcione. Tomó otro mate más mirando la lluvia que no acababa. Hoy no tendría que regar, pensó recordando que ya no estaba. No pudo despedirse. Había tomado su lugar y ahora era lo mismo que no había querido ser. La lágrima se desplomó de los diques de sus pestañas y resbaló en su rostro hasta mojar sus manos. Manos callosas, endurecidas de trabajo y de intemperie. Iguales a las de ella.

Cerró los ojos para aprisionar el agua salobre que empujaba desde el dolor. Buscó el pañuelo que tenía en su bolsillo y secó el surco que la gota había trazado. El olor a jabón de coco inundó su nariz. En la radio seguía la algarabía. Bicentenario de la Independencia.

Abrió los ojos.

Desapareció la tarde, la lluvia regando los jazmines, los perros, la alquimia de la yerba y el agua perfumada de bosque, el tiempo en silencio, el aroma de coco secado al sol y el locutor que festejaba doscientos años de libertad.

Libertad.

La realidad era el yugo de esa cama febril en donde los fantasmas se turnaban para soñar con sus vidas mientras morían encadenados.

No tenían papeles.

Todos tenían el mismo nombre.

Inmigrante ilegal.


miércoles 2 de marzo de 2011

Una tarde color vainilla


¿Adónde fue mi vida? – se preguntó al mirarse al espejo.

Tomó el tubo de la pasta de dientes y colocó una línea sobre su cepillo. Hacía tanto de los besos con sabor a menta.

El peine se deslizó en la melena café que le rozaba los hombros. Tanta vida desde que él la peinaba con sus dedos y adoraba su crin lustrosa.

Se cruzaron en la puerta del baño. Ella iba camino al ropero y esperó que la toque. Tan sólo una caricia al pasar.

Nada.

Mientras elegía la falda roja y la blusa blanca con volados recordaba las peleas para que le saque las manos de encima.

- ¡Basta Javier! – le decía muerta de risa y luchando con las manos traviesas que no la dejaban levantarse para ir a trabajar.

Se miró en el espejo de cuerpo entero buscando una respuesta. Tal vez el mapa de su cuerpo había desdibujado las líneas que lo guiaban.

Sacó el sostén color vainilla que había comprado con la esperanza de que se detenga en ella y el contraste del encaje contra su piel morena. Deslizó los breteles en sus hombros y amoldó la prenda a su cuerpo.

No se había percatado.

Resbaló las piernas dentro de la falda y la trabó a su cintura. Abrochando los botones de su blusa susurró la música de Soda Stereo que encontró en su repertorio mental de pistas de sonido.

- Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos y que tu blusa atora sentimientos...

¡Qué oportuno! - suspiró haciendo una mueca.

Colocó en su muñeca al tirano de acero que con cada brillante tic tac la alejaba de quien había sido y ya no era.

Se calzó los zapatos con tacones y bajó. Él estaba prendiendo el televisor.

La dictadura del tiempo los sofocó. Habían crecido y se habían hecho adultos.

Tomó la taza de café que humeaba en la mesada y lo miró cargar su maletín.

- Lleváte el paraguas y un abrigo – dijo Javier sin mirarla – dijeron que va a llover.

Sofía vio su cartera colgando de una silla. Hurgó por rutina el contenido. Chequera, celular, documentos, pañuelos desechables. Una tímida puntilla blanca asomaba detrás del cierre de un bolsillo.

Adultos. Responsables. Cumplidos. Ejemplares.

Mierda – pensó al primer sorbo que se deslizó en su garganta – Qué distintos éramos.

Abrió el cierre y sacó con cuidado el pequeño cuadro de algodón blanco con puntillas. Lo sostuvo entre sus dedos como viéndolo por primera vez.

Él la esperaba a la salida de clases, en la galería de pisos ajedrezados del antiguo edificio en donde estudiaban. Caminaban de la mano, bajo el sol inmaculado del invierno hasta el café de la esquina. Elegían una mesita en la calle y Ramón, el mozo, hacía aparecer las tazas tintineantes.

En la calle, la sinfonía de colores y voces se movía como una serpentina de barrio chino, festoneando la mañana con su desorden de vida.

Javier había sido un caradura maravilloso. Con su mata de pelo castaño, barba rebelde y ojos color yerba, se había acercado a ella en una clase de Historia y le había preguntado risueño si podría acompañarlo hasta el café de la esquina para explicarle la última lección sobre Barroco a la que había faltado. No pudo negarse al brillo travieso de sus ojos y le dijo que sí.

Una cortina de lluvia fría y plateada cayó sobre ellos en el camino. Javier se sacó la campera de gamuza y la cubrió mientras corrían. Sofía cerró los ojos por un segundo y aspiró el vaho tibio, mezcla de cuero, sándalo y menta que emanaba de su cercanía.

Llegaron agitados y riendo. A salvo dentro de la atmósfera cálida del bar, Javier siguió cubriendo a Sofía por un momento más. Estaban tan próximos que Sofía pudo ver una gota de lluvia pendiendo de las pestañas de él. Buscó algo en su cartera y un exquisito pañuelo blanco con puntillas apareció en sus manos. Sin preguntarle, lo deslizó en su piel y él sintió los dedos frescos desprendiendo la gota del dique cobrizo que la atrapaba. Sus ojos se encontraron al tiempo que ellos se perdían en el desamparo del asombro.

Ramón eligió ese momento para aparecer y guiarlos hasta una mesa. El lugar bullía de estudiantes enfrascados en gatuperios verbales, oficinistas desprevenidos que se habían refugiado de la lluvia y los parroquianos de siempre, con sus innumerables años de cafés y cigarrillos, leyendo impávidos al fragor de quincallería de lozas, cucharas y voces.

La mesa estaba junto a una ventana que daba a la calle y sus dimensiones eran las adecuadas para que sólo quepan dos tazas y un secreto inconfesable.

- Linda lluvia ¿no?. Especial para un espresso bravo que recomponga el alma – sugirió Ramón.

Javier miró a Sofía que asintió con una sonrisa.

- Que sean dos, Ramón – dijo Javier y se quedaron solos mientras el mozo desaparecía.

La lluvia crepitaba contra la ventana y se miraron largamente como reconociéndose de otras vidas.

- El pañuelo de puntillas de Sofía Roca – musitó pensativo– suena a novela victoriana.

- Era de mi abuela – contestó ella mientras dos hoyuelos ahuecaban sus mejillas – en su época se usaba como portador de mensajes clandestinos.

- ¿Qué tipo de mensajes?

- Amorosos – respondió ella –-Estrujarlo con las manos significaba amor ardiente y mirar las iniciales bordadas “Recibí tu carta”. Era preferido por las coquetas, para agitarlo en las despedidas o para dejarlo caer frente al amor de sus vidas.

- O para salvar a un náufrago en una tarde de lluvia – agregó Javier con los ojos chispeantes y una risa juguetona asomando tras su barba de pirata.

- Especial para casos de ahogamiento – agrego con seriedad Sofía para luego dibujar un simpático mohín que le fruncía deliciosamente la nariz

Dos pocillos adornados con penachos de vapor se materializaron frente a ellos. Ramón dejó el azúcar y una fuentecita con lenguas de gato.

- Espresso bien cargado y galletitas para malcriar a la señorita - dijo al tiempo que hacía una reverencia en dirección a Sofía y desaparecía nuevamente.

Los dos rieron de buena gana.

Mientras endulzaban el café, un sol tímido asomó tras las gotas y una luz vainilla tiñó la calle como en un sueño.

- Es una acuarela perfecta – suspiró Sofía mirando a través de la ventana y dibujando círculos con su cuchara – Los colores son maravillosos.

- Sí, lo es – contestó Javier mirando el perfil cincelado contra la luz líquida de la ventana.

Sofía cerró los ojos y sorbió con placer el líquido oscuro. Cuando levantó la mirada se encontró con aquellos ojos increíbles y supo que estaba perdida sin remedio.

El pañuelo no se había equivocado.

Bajó la taza de café en la mesada y miró su reloj.

- No te olvides de pasar por el banco y depositar el cheque – le recordó Javier mientras le daba un beso rápido y salía.

Quedó sola en medio de la cocina con el pañuelo hecho un puño en sus manos y el corazón desalado en el pecho.

Estrujarlo entre las manos. Amor ardiente.

Volvió a meterlo en el bolsillo olvidado de su cartera. Agarró las llaves del auto y abandonó la casa.

Salió a la calle a cruzarse con los otros fantasmas que iban preguntándose, igual que ella, en qué momento dejaron de sentarse en los cafés bulliciosos y en las plazas donde el sol se filtraba a través de los lapachos, para formar la fila de un banco bajo el follaje artificial de tubos fluorescentes, mirando una pantalla en donde los números eran ellos.

viernes 25 de febrero de 2011

Inevitable. Soliloquio femenino


Deslizando las manos sobre el algodón, liberé uno a uno los botones de mi disfraz. Lo tiré sobre una silla y me dirigí descalza al jardín.

Me vestí de luna, adorné mis cabellos con jazmines recién cortados y me coloqué pendientes de estrella.

Fragante de veranos ardientes, aturdida de infinito me puse a caminar. Cada tac tac de mis dedos era un viaje de ida y vuelta al universo.

Aquella. La que yo era cuando no era. ¿Quién era?

Prisionera de un tirano de acero que palpitaba en sus muñecas con los latidos eternos del tiempo. Bajo su blusa palpitaba otra.

Nos mirábamos cada mañana mientras yo desprendía los jazmines de mis cabellos y ella se ataba una cola. Yo me desnudaba de mi vestido de plata y ella abrochaba su blusa y sujetaba su falda a su cintura. Terminaba por sacarme los pendientes estelares y ella se sumía a la dominación de las agujas de metal.

Nos mirábamos largamente y sonreíamos. El café humeaba en la mesa del desayuno y el tic tac la apremiaba. Le guiñé un ojo y se marchó.

Y yo quedé aquí, en el suspenso de la frase incompleta que ella dejó en esta hoja mientras iba a vivir mi vida

martes 15 de febrero de 2011

Galería teeté


El abandono de la arquitectura vegetal y la nostalgia permanente
Quizá hayan sido las copas de los árboles el áncora primigenia ante el inicio de un aguacero tropical que empapa hasta los huesos o ante el abrazo calcinante del sol de la canícula. La ciudad las ha engullido y muchas, muchísimas, demasiadas, han desaparecido. Pero aún se conservan algunas valientes.
Todavía existen galerías vegetales en donde el sol adquiere tonalidades verdes a través de los filtros de clorofila y el murmullo de las hojas puede escucharse. Mangos, chivatos, lapachos, jacarandás, con sus balandranes de ramas, antiguos protectores de veredas y calles han sufrido en pos de nuestra vida moderna. Trucidados por el tendido eléctrico y la dominación de las autopistas que los elimina para desplegar el asfalto. Sólo algunos siguen en pie, llenándose de humo o escondidos en algún patio o jardín que los resguarde.
El verde del Paraguay es subyugante, aún hoy, luego del flagelo de centros comerciales y grandes calveros de estacionamiento. Cuando elevamos los ojos de la pantalla del teléfono celular, bajamos de la cápsula al vacío de nuestros automóviles y prestamos atención, descubrimos a cada paso los gordos pompones de verde que trepan en las murallas y espían a sus vecinos de las veredas que saludan a los transeúntes con un escándalo de pájaros en sus ramas. Jazmines, parras y santarritas se derraman de las pérgolas con el desorden propio de la vida y susurran tras la puerta cancel de algún zaguán.
Cada cuenta del rosario del año es una maravilla botánica. Cuando está mediando noviembre flota en el aire el perfume de mil flores de coco y volvemos a cada instante a nuestra infancia esencial de pesebres y clericó, lejos de la nieve artificial, el oropel made-in-china y el papá noel de importación. Durante el verano, mangos y bananos se doblan bajo el peso de sus frutas y en otoño se cargan el naranjo, el pomelo y el limón. Imposible resistirse a las acuarelas perfectas de los tajys en flor que cambian de ropaje, se ponen los vestidos de pimpollos y salen a pasear en las mañanas límpidas de un invierno que se va.
¿Qué paso con nuestros barrios de antes, de veredas arboladas y murallas bajas, en donde nos conocíamos todos? Era posible pasar frente a las casas y saludar al vecino sentado en su galería, detenerse a preguntar por la familia y apreciar el buen crecimiento de los jazmines del jardín compartiendo un tereré.
Hoy tenemos esto. Barrios cerrados con guardias armados en las puertas. Casas con enormes portones ciegos y murallas coronadas con alambres de púa electrificados. Vivimos encajonados y nos enorgullecemos de haber ingresado al futuro dentro de las ratoneras de hormigón que importamos de algún lugar donde no hace calor, ni hay patios con árboles, ni cielos azules. Desechamos las galerías porque ya no tenemos el tiempo para disfrutarlas y es por esto mismo que perdemos los árboles.
Forzados a entrar en el gálibo de la globalización vamos encerrando el ore reko. Por eso se nos remueven cosas cuando nos enfrentamos a eso que creíamos relegado. No nos resistimos al sonido del chipero de las cuatro de la tarde, ni al aroma dulzón de los mangos de enero, se nos ocurren más frescas las sombras de las galerías de tiempos olvidados, caemos rendidos ante el vaho que sube de una jarra de cocido quemado con azúcar y poblamos nuestras fantasías con cielos azules filtrándose en el cedazo espeso de una enramada en flor.

martes 9 de noviembre de 2010

Testigo (2º premio Concurso de Cuentos Cooperativa Universitaria 2010)


Te veo perdido e indeciso. En tus manos traés el celular que no para de sonar y en tu bolso tus sueños en llamas.

Creo que viniste un poco por curiosidad y otro poco para encontrar eso que se te extravía en los recovecos del alma.

Sí, ya sé que estás desilusionado y descreído de todos. También yo a veces.

Desde acá los veo pasar apurados, sumergidos en la batahola de sus vidas, sin mirar y sin ver. Parece que nos hubiéramos vuelto invisibles.

Claro que tenemos nombre y fama. Hasta tenemos una placa con nuestros nombres como para que nos reconozca algún incauto que equivoque su rumbo y nos visite sin querer.

Pero vos no necesitás la placa recordatoria. Algo se te movió ahí adentro cuando entraste, lo vi en tus ojos. Empezaste a caminar con cuidado como si estuvieras en un cementerio y nosotros fuéramos cosas de panteón.

Ahora estás parado acá, en el medio de tu historia, lleno de ilusiones y tan muerto de miedo que tenés ganas de llorar, con la pregunta que te arde en la garganta, y de pronto enmudecés.

Un alboroto de imágenes, voces y olores se agolpa en tu sangre.

Me dicen Luchí desde siempre. Es la adaptación cariñosa que el guaraní hizo de mi nombre original. Llegué a la familia Martínez Sáenz procedente de Europa en 1775. Asunción era entonces un caserío desordenado escondido bajo la plácida vegetación de arboledas y vergeles. Me resguardaron bajo el abrigo acogedor del alero de tacuaras y tejas y amé desde el primer momento la casa de anchos muros de adobe pintados de blanco, los jazmines del jardín perfumando las noches cálidas del verano y las galerías que daban refugio del sol bárbaro del trópico y de los aguaceros de cualquier momento. Desde de mi lugar podía ver el río serpenteando bajo el sol, miraba pasar a las burreras que se dirigían al mercado guasú, escuchaba la nota igual de las rondas de la guarnición de la plaza por la noche y la guitarra dulce de alguna serenata bajo la luna.

A ellos los conocí algún tiempo después. Eran jóvenes y estaban tan asustados como vos. Aún así, el miedo no podía apagar la flama voraz de sus ideales ni el brío de sus espíritus. Durante meses los escuché trazar planes mientras entraban y salían de la casa sorteando la hostilidad de las veredas asuncenas o mientras tomaban mate de leche con azúcar quemado y naranja roky, junto al rosal de la galería, pagando visitas luego de las misas de domingo de la Catedral.

Pero el destino nunca avisa y los acontecimientos se habían precipitado pasando por alto planes y previsiones.

La ciudad dormía aún cuando Estanislaa, Taní como la llamaban todos, sacaba agua del aljibe decorado con azulejos. Sobre las madreselvas y jazmines, el cielo bordado de estrellas empezaba a desteñirse en un bies rojizo que anunciaba el alba.

Volvió a la cocina en donde estaba encendido el brasero para calentar la pava de hierro y sobre la mesa, cubierta con un impecable mantel de aho po´i almidonado, empezó a disponer el desayuno. Del bargueño de jacarandá sacó tazas y cucharas, rosquetes de almidón aromados de azahar, el ka´yguá chapeado de Don Pedrito que estaba de visita desde Tobatí y el rojo dulce de arasá qué había traído de regalo la señora Juana la tarde anterior.

Facundita y Niní usualmente se levantaban cuando ella entraba a la pieza llevando la palangana y el jarro con agua tibia.

- ¡Pepu´â che memby´anga! – exclamaba sonriente.

Facundita se levantaba de un salto e iba al reclinatorio ricamente tallado que estaba junto a la ventana a hacer su oración matutina a San José, su santo. Niní, más remolona, seguía en la cama hasta que Facundita la amenazaba con tirarle agua del jarro para que se levante. En medio de la bulla, moviendo la cabeza de un lado a otro, Taní abría el karameguâ y elegía los typóis pulcramente doblados que se guardaban entre hojas de pacholí.

Pero aquella madrugada no necesitó despertarlas. El fru frú de las enaguas almidonadas precedió a las jóvenes que aparecieron en la cocina desde tempranito para tomar el mate que Taní les tenía listo antes del desayuno.

Facundita estaba pálida. Asunción era un polvorín y Fulgencio estaba en Itapúa. Se había pasado la noche dando vueltas en la cama hasta que cayó en la cuenta de que no era la única atormentada insomne.

- Tengo miedo – susurró Niní desde su cama.

- Yo también Niní pero tenemos que ser fuertes y realizar nuestra tarea. – la tranquilizó mientras sostenía contra su pecho el crucifijo de oro que le había regalado Fulgencio en su cumpleaños – Además Doña Juana va a acompañarnos.

Luego del mate repasaron la maniobra junto a Pedrito.

Doña Juana, quien vivía en la casa del frente, llegaría como de costumbre a buscarlas para ir a la misa de la Catedral. Se instalarían en el banco junto a la pila de agua bendita y bajo el encaje del rebozo, mientras todos las creían enfrascadas en sus oraciones, transmitirían el santo y seña a los implicados para indicarles el comienzo de los movimientos.

Terminaban el desayuno cuando oyeron sonar el aldabón de la puerta.

- Buen día Taní. Vengo a buscar a las señoritas para ir a misa y Vicente viene a visitar a Pedrito.

- Buen día Ña Juana, ya vienen las señoritas – contestó Taní – Pase nomás Don Vicente, le esperan en el comedor.

Un minuto después, las tres mujeres salieron del zaguán y se alejaron caminando con el porte orgulloso de la determinación y la protección sin mácula del buen nombre. El sol arrancaba destellos a sus peinetas y vi desaparecer sus mantillas calle abajo.

Cuando regresaron, “Independencia o muerte” recorría Asunción junto al mate, bajo la sombra cómplice de las enramadas.

Al caer la tarde, la luz se ahogaba en el solferino del horizonte y se encendían los faroles de las casas, pasaron los últimos burros mansos que volvían del mercado con los fardos vacíos dejando a su paso un vaho a menta fresca y la ciudad se fue callando. Escuché las campanadas del reloj del Cabildo dando la retreta y sólo quedaron los grillos ruidosos y los sapos aburridos entonando sus croas ancestrales.

Llegaron a mi lado caminando a paso vivo con Pedrito a la cabeza. En los rostros jóvenes, bajo los tricornios, pude leer la mezcla del miedo, la convicción y el coraje cuando salieron a la calle. La oscuridad voraz se tragó sus figuras y sólo quedó la cinta plateada del río brillando en el fondo. Silencio.

Una sombra sigilosa se desliza en la oscuridad. Percibo sus pisadas que se alejan.

¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!

Las campanas de bronce de la Catedral tocan a rebato.

- ¡Alboroto en la plaza! - escucho detrás de las rejas torneadas de una ventana.

Los fanales de las casas vuelven a arder. Un leve olor a humo empieza a flotar en el aire fresco del otoño mientras se encienden los braseros para calentar las pavas. La noche será larga.

Pasa gente corriendo. El movimiento y las voces aumentan allá abajo. Desde el río sopla un viento con resabios de pólvora.

¿Qué hora es? ¿Qué fue de Pedrito y Vicente? No han vuelto aún.

Las mujeres de la casa no durmieron. Taní ceba el mate y Facundita pasea sin descanso sobre el piso de ladrillo. Una silenciosa Niní retuerce el rosario entre sus manos.

Detrás del campanario de la Catedral el cielo se empieza a lavar en añil. Veo a Doña Juana salir de su casa y acercarse. En sus manos lleva un puñado de rosas rojas. Toma el aldabón de hierro y lo hace sonar contra la gruesa puerta de cuarterones.

Dentro de la casa, Facundita detiene su marcha, Niní levanta los ojos del rosario y Taní corre a abrir. Doña Juana entra al zaguán como una exhalación y mira los rostros ansiosos.

- ¡Lo lograron! – exclama radiante al tiempo que Facundita y Niní se abalanzan sobre ella abrazándola.

- Voy al cuartel a saludarlos – dice Doña Juana enseñándoles el carmín encendido de las rosas – Rojas como nuestra tierra.

Con los ojos brillantes de emoción, Niní corre al patio y de entre las azucenas tímidas salpicadas de rocío, elige las blancas.

- Son mis favoritas – exclama uniéndolas a los pimpollos escarlata en las manos de la mujer – me transmiten tanta paz.

Facundita se dirigió a la pasionaria que se trepaba en los bordes de su ventana. Los botones jaspeados de azul intenso, que almizclaban el aire del jardín, se derramaban en gajos voluptuosos. Tomó en sus manos un racimo exquisitamente cerúleo y lo apoyó contra su pecho.

- Igual al cielo – suspiró con los ojos puestos en la mañana que empezaba a treparse en los jirones de nube.

Caminó hasta donde estaba Doña Juana y engarzó su ofrenda a las rosas y azucenas con la primorosa cinta de encaje ju con la que sostenía sus cabellos.

La brisa fresca bailaba en las copas de los árboles y el sol hacía titilar el rumor del río cuando salieron en dirección al cuartel llevando el buqué.

Mientras se iba apagando mi mecha del día anterior, pude ver la multitud viboreando feliz en la plaza y escuché conmovido los primeros veintiún latidos de esta patria.

Disculpáme el susto que te hice pasar con el fogonazo. Desde que en 1912, los ingleses de la Asunción Tranway Light and Power Company Limited, quisieron modernizarme quedé con algunos desperfectos.

Añoro la delicadeza del sistema antiguo. Cada tarde me cambiaban la mecha empapada en aceite y una llama traviesa zangoloteaba tras mis vidrios hasta el amanecer. Me cuidaban con esmero porque yo era el guardián del callejón. Éramos familia, me conocían. Luchí, el farol.

Hoy ardí de nuevo para iluminarte. Para mostrarte que hace doscientos años les pasaba lo mismo que a vos. Eran hombres y mujeres con sueños, esperanzas y miedos.

No te acobardes. Acordáte que Juana, Facundita y Niní rompieron esquemas, Pedrito y Vicente, con veinticuatro años, y Fulgencio con apenas treinta y uno lograron cambiar la historia y legarte algo inmenso.

Cuando dudes, vení a verme otra vez, voy a seguir acá en el callejón. Tengo una misión que cumplir. Asunción aún sigue desordenada bajo las arboledas, el sol bárbaro del trópico y los aguaceros de cualquier momento. Ya no veo el río desde mi lugar bajo el alero ni escucho las serenatas bajo la luna, pero a veces, igual que a vos hoy, descubro algún prócer palpitando detrás de unos jeans gastados y unos lentes de sol.

Un espejo y un vestido (1ra Mención de Honor Concurso de Cuentos del Club Centenario 2010)


Su vida se reducía a pasar los días en la rutina segura del cuartito gris junto a la cocina.
Era un cuchitril anodino que parecía haber sido adosado a la casa en algún apuro sin llegar a formar verdaderamente parte de la estructura. Los muros eran de un color indefinible, mezcla de polvo, tiempo y soledad. Una ventana con balancines era la única fuente de luz del cuarto y daba a un pasillo que conducía a ninguna parte. El mobiliario estaba compuesto por una cama cubierta con una colcha floreada, una cómoda puesta en cualquier parte que molestaba al paso y una mesa que fungía de escritorio, cubierta con un mantel de crochet, donde se apilaban revistas polvorientas y potes de crema.
El espejo de pie en forma de óvalo desentonaba en medio de la desgracia de aquel cuarto. Era una bella pieza torneada en caoba que había pertenecido a tres generaciones de la familia. La flébil luz que traspasaba el balancín, deslizándose sobre las curvas lustrosas de las hojas de acanto enredadas en el contorno de la luna veneciana, se demoraba en una caricia hasta destellar en la superficie biselada y cumplir su destino de duplicar sin remedio la verdad.
Había ido a parar al cuartito gris debido a la disputa familiar que se había entablado en torno a su posesión. Su madre había decidido ocultarlo, alegando que lo había robado una doméstica desleal enredada con un ratero de la zona.
Santo remedio. Todos se olvidaron del espejo.
Menos Luisa.
Se había convertido en un testigo cruel del devenir de sus días. Plagiaba, inclemente, su figura añejándose en el marasmo de una vida fútil.
Los ojos mustios de quien no es amada entristecían un rostro poco agraciado y la miraban desde la superficie helada del cristal. El relieve de sus huesos asomaba bajo la piel de tono cetrino de los seres acostumbrados a la penumbra. Toda ella gris y estantigua.
Relegada al destino de ser hija del medio de una familia que la consideraba poco más que un mueble, su desgarbo y falta de encanto eran exaltados por una personalidad opaca. Jamás levantó la voz. Ni rió a carcajadas. Nunca se quejó. Ni lloró. Anhelaba la alegría fácil, la frescura risueña de su hermana mayor cuya belleza y corazón tierno la hacían centro de todos los lugares. Luisa la odiaba.
Parada frente al óvalo, revisaba con perversión cada pliegue depositado por el tiempo y el brillo que se extinguía en sus ojos de tanto desamor.
Mantenía la disciplina férrea de aplicarse ungüentos, creyendo que así sortearía las trampas de los años que se instalaban en silencio sobre el caparazón olvidado que era su piel, sin saber que sólo el amor puede salvar a la belleza del estropicio de la vida.
Con la mirada perdida en el eco que le devolvía el espejo recordó el instante exacto en que lo había decidido.
Una sonrisa chispeante y un murmullo de cristal le llegaban mezclados con la música desde el patio trasero. Se movió entre los demás invitados para descubrir el origen de tanta alegría.
Un vestido blanco ondulaba como una paloma. Era hermoso. De exquisito broderie de algodón, dibujaba el escote y subía por los hombros, sosteniendo el vestido, un frunce de pasamanería de seda que terminaba en un delicado moño sobre el corazón. Se ajustaba a un talle grácil para abrirse en una suave campana que bajaba hasta las elegantes pantorrillas de quien lo llevaba.
Lo lucía Cecilia Maes mientras practicaba un paso de baile bajo el cielo púrpura de enero. Las guirnaldas de luces que colgaban de los árboles le ponían estrellas a su cabellera oscura mientras giraba feliz en brazos de Tomás Córcega. Sus mejillas estaban sonrojadas por el baile y sus ojos reían a la par de sus labios. Alrededor de ellos un corrillo les aplaudía y animaba en los pasos más enrevesados.
Cuando sonaba el compás final de la pieza, en un alarde de galantería y fuerza, Tomás atrajo a Cecilia a su pecho inflamado y vaticinó frente a todos.
- Vas a ser mi esposa.
- Sólo si juras seguir bailando así cuando tengamos noventa años – repuso Cecilia abriendo sus enormes ojos castaños sin dejar de sonreír y apoyando un índice delgado sobre los labios de Tomás en un gesto coqueto.
A Luisa, que miraba desde un rincón, todo el peso de su mísera vida le atenazó el pecho y la dejó sin aliento.
Cerró los ojos e hizo el viaje inverso hasta el cuartito gris. Su reflejo la miraba impávido desde su mundo acotado por caoba.
Tomás. La obsesión escondida. La ansiedad que la consumía en silencio. Cecilia. El vestido blanco. La dulzura. Y el odio.
Debía morir.
Desde entonces, Luisa no dormía. Con el alma desalada se revolvía imaginando, oliendo, temiendo, deseando. Planeaba febril cada detalle insuflada por la certidumbre de un destino inexorable.
El día planeado despertó temprano. Desde el cuartito gris escuchaba el ajetreo de la casa que empezaba sacudirse. La hornalla de la cocina siseó para encenderse y calentar la pava del mate que más tarde se tomaría con hojas de burrito machacadas.
Bajo la colcha raída de flores, escuchaba el rumor de sus intestinos revueltos de pavor y la hecatombe de su corazón batallando en las trincheras de sus costillas.
Nunca se había sentido tan viva.
Se sentó en la cama y siguió atenta a los murmullos domésticos. Su madre estaba en pie. Lo sabía porque le llegaba el vaho de agua de rosas que usaba luego del baño que tomaba al levantarse.
Bajó los pies al piso y se paró. Ahí estaba como siempre. Inmutable. Acusador. Bello. Repitiendo en una mueca cruel su cuartito gris, sus potes de crema, su colcha floreada, sus revistas viejas llenas de polvo y a ella.
Resbaló de sus hombros el camisón que cayó al piso como una piel marchita al tiempo que escuchaba un gorjeo de pájaro feliz y percibía un rastro de vainilla. Una punzada le clavó las entrañas. No había tiempo que perder.
Fue hasta la cómoda y vació el último cajón. Lo tenía escondido, detrás del montón de ropas grises de todos los días, envuelto en papel para protegerlo del polvo que se posaba en los rincones y dibujaba rombos bajo el mantel de crochet.
Las notas desiguales de unos pies descalzos bailando en la galería de la casa sonaban mientras Luisa desenvolvía el primoroso broderie blanco y lo colocaba sobre la cama. Dibujó con sus dedos la curva suave del escote y enderezó el moño perfecto que lo adornaba. Recordó las manos de Tomás sobre el algodón y un lagrimón rodó en sus pómulos.
La campanilla metálica del timbre y el ladrido de los perros la pusieron en alerta. Aguzó el oído. Escuchó abrirse el portón delantero.
- ¡Es una maravilla! – exclamaba su madre emocionada.
El portón se cerró y escuchó el taconeo de su madre traspasar la casa.
- ¡Llegó el ramo de la novia!
El revuelo del resto de las mujeres de la casa fue absoluto. Luisa, se asomó a la puerta y vio a su madre con el más exquisito bouquet de flores bajo la luz inmaculada de abril. La vio dejarlo sobre la mesa y alejarse presurosa en dirección a la cocina con el séquito de mujeres siguiéndola.
Hipnotizada, Luisa caminó hasta quedar parada al lado de aquel ramo de ensueño. Lo tomó en sus manos y vio los destellos de rocío brillando en los pétalos
Un círculo de rosas, azahares y fresias tan frescas como una mañana de campo se apretaba en un lazo blanco.
Sosteniéndolo en sus manos, se dirigió al cuartito gris. Abrió la puerta y giró la llave. Colocó el ramo sobre la mesa y tomó el vestido blanco que seguía sobre la cama.
Lo apoyó contra su cuerpo y se miró al espejo. Tomás la sujetaba de la cintura y ella giraba en una pavana eterna. La amaba.
Afuera seguían los preparativos. Las risas nerviosas, el correteo en la galería, el fru fru de los vestidos de chiffon envueltos en papel de seda, las jarras de agua con hielo que pasaban tintineando frente a su puerta. Toda la casa emitía un resuello de excitación que escandalizaba a los pájaros y alborotaba los espíritus.
Abrió el cierre del vestido y lo pasó por su cabeza. Cuando terminó de prenderlo se detuvo frente al juez. La piel seguía marchita de soledad y sus huesos visibles por tanto hambre de amor se seguían asomando en el escote. Pero eran sus ojos los distintos. En las profundidades negras brillaba la determinación.
Se calzó los zapatos y de debajo de su almohada tomó el revólver. Las flores del ramo lo ocultarían de la vista de los demás.
Se dirigió a la puerta, giró la llave y salió del cuartito gris. Caminó por la galería sintiendo que mientras lo hacía iba consumando el destino que se había trazado aquella noche.
Se detuvo y llamó a una puerta.
- ¿Quién es? – canturreó una voz
- Soy yo, Luisa
La puerta se abrió y un burujón de tul se abalanzó sobre ella sofocándola en un abrazo fragante de vainilla.
- Te estaba extrañando Lulú Maes – exclamó Cecilia con los ojos risueños – no puedes dejar sola a tu hermana en el día de su boda con el descocado de Tomás Córcega.
Era una visión espléndida en encaje francés y Luisa no salía del estupor.
- ¡Luisa!– gritó feliz – ¡Encontraste mi vestido de compromiso perdido!
Revoloteaba a su alrededor con su andar de pájaro al tiempo que le plantaba un sonoro beso en las mejillas.
- Gracias por encontrarlo y por traerme el ramo – suspiró Cecilia – Déjame ponerme los guantes para sostenerlo y que puedas ir a vestirte.
Cecilia le dio la espalda para buscar sus guantes perdidos en algún lugar de aquel naufragio que era vestirse de novia.
Todos los años languideciendo en su cuartito gris, los juicios implacables del espejo de caoba y el amor sufrido en silencio se agolparon en sus manos que estrujaron con fuerza la empuñadura del arma escondida bajo el candor níveo de las flores. Debía impedirlo. No podría soportar verla junto a Tomás.
Cecilia sonreía al dar con sus guantes cuando oyó el disparo. Su corazón se detuvo y sintió el desamparo del infortunio. Sus guantes cayeron al piso.
Volteándose, va hacia la puerta abierta donde Luisa ya no está y recoge su ramo caído en el piso. Mientras corre por la galería tropezando con su vestido de novia, en el cuartito gris, el vestido de compromiso se va tiñendo de rojo y el espejo de caoba trizado a plomo repite hasta el infinito la soledad invulnerable de unos ojos mustios que miran desde la muerte.